Aventura a dedo de Jujuy a Salta

Ahí estaba de retorno a otra aventura a dedo, en el mismo punto de hacía dos noches. El autobús me había dejado en la terminal, no siendo buena opción para comenzar alzar el dedo. Metros de distancia y un terreno lo suficientemente grande para que cualquier vehículo pudiera parar. Míseros metros me separaban de un árbol, para ir alternando el su escasa sombra con el sol que marcaba casi las 12 del mediodía.

Una aventura a dedo de Jujuy a Salta que la siento, la recuerdo como si estuviera allí, ahora mismo. No era el primer dedo, ni el último. Pero si una  marca sin olvido.

Media hora de reloj de espera….

Una diminuta furgoneta se detiene, un hombre mayor y su nieta, llevan fresas y naranjas. Vienen del mercado. Nos sacan de Jujuy. No vive muy lejos. Hombre que siempre a dedos alzados.

Unas naranjas son ofrecidas en su terreno. A menos de 1 kilómetro, el cruce de San Carlos de Jujuy y Salta, nuestro destino. El paisaje no era muy espectacular. Carreteras, pasto y lo lejos algún pueblo. Tocaba esperar sin sombra.

Las horas pasaban, ningún vehículo se detenía. Sin gafas y sonrisas no surgían efecto. Estábamos solos. La paciencia era nuestra aliada. Aparecía algún viajero o pasante solitario con la suerte de ser transportado en poco tiempo. No corría la misma fortuna. Una chica, camión parado. Conversación con un chico de un pueblo cercano, lo alzaron. Un policía, un vehículo lo llevó. La aventura a dedo se hacía presente.

La tarde se iba desvaneciendo y mis esperanzas también…

Me alegraba por los transportados, pero no podía entender porque a nosotros no. Decidimos regresar a la casa del señor y pedir dormir en su terreno. Estaba oscureciendo y las alternativas eran pocas. El camino no era muy agradable, varios perros muertos eran la escena del asfalto. Resbalaban por mis mejillas lágrimas de compasión.

Una señora se asomó a la entrada, ya era prácticamente oscuro. Le expliqué lo sucedido y la cercanía a su suegro. Deduje por su rostro que era la madre de la niña tímida de la furgoneta. No se pueden quedar aquí fue su respuesta tras haber consultado cortos minutos antes. Me desmoroné. Rompí a llorar de desesperación sin saber que hacer. La visión en la oscuridad bajo lo desconocido no me producía una agradable sensación.

– Esperen un momento- sonó de la reconocida voz, ya de espaldas a la casa y con la intención de irnos. De nuevo aparecía la mujer, nos detuvo. – Hay un hombre que va dirección a Salta, les podría dejar en el grifo. Seguro que algún camión los puede llevar hasta ahí-. Una gasolinera me tranquilizaba. Aunque no llegará a Salta y siguiera a escasos metros de la ciudad de Jujuy, podría dormir allí.

Volvíamos a entrar a la finca…

 

Un todo terreno blanco llevaba David. Tiramos las mochilas detrás y subimos junto a él en la parte delantera. En la oscuridad, con sólo las luces del vehículo alumbrando el camino, le explicaba de donde venía, porque estábamos allí y que había sucedido el atormentado día.

-Miren chicos, yo voy para Salta. Les puedo llevar. Si nos les importa me debo desviar por otro camino. Debo recoger a mi mujer, que esta en otro pueblo.- Mi reacción no podía ser otra, un sí rotundo con una sonrisa de oreja a oreja. La meta final sin ser esperada. Me había hecho a la idea de dormir bajo la intemperie.

Mi resignación tenía premio…

Camino donde lo único alumbrado por las luces del coche se podía apreciar. Pastos alrededor y polvo que alzaban el movimiento de las ruedas. Se abrió a un pueblo, no muy pequeño. Nos detuvimos frente una cafetería. Alumbrada con fluorescentes, se apreciaba tras las ventanas el encuentro de David con su esposa. Conversaban. Una corta charla. Salieron y se acercaron a nosotros.

Me abroché el cinturón de copiloto de Davinia, mientras ella me sonreía. Nunca antes habían recogido a nadie y ella misma se sorprendió de su compañero. Ella, no parecía nada nerviosa. Contenta a mi parecer. Conté lo contado. Sus palabras y gestos me apoyaban. Parece mentira lo mucho que te transmite una persona en tan poco tiempo. Tras esos ojos, veía alguien que deseaba también embarcarse a aventuras y viajes, junto su compañero. Como muchos, el miedo era su mayor obstáculo.

Salta La Linda aparecía…

Era más grande de lo que creía y se veía muy hermosa. Luces entre montañas alumbraban cada artería de la ciudad. Mi asombro era aún  mayor tras mi desesperanzada de dos horas atrás y el encuentro de tan bellas personas. No me lo podía creer. La vida me mostraba de nuevo que no todo esta perdido. Cuando menos lo esperas, sucede.

Nos detuvimos en el centro, en un parque. Aún había movimiento, no era muy tarde. Me quedé sola en el coche con Davinia. En mi papel con lápiz de ojos le apunté mis blogs. No sé porque no se me pasó por la cabeza dejarle el teléfono. Gente de buen corazón valía la pena conservar.

– Esto es para ti- mantenía en su mano un billete argentino. No lo quise aceptar. ¿Cómo podía aceptar dinero de alguien que ya me había ayudado? Le argumenté. No quería parecer una abusona. No quería que se quedarán con una imagen falsa de mi persona. Quería agradecer. – Insisto – No me pude negar. Otro no, era una decepción, lo intuía.

Abrazos. Recogida de mochilas. Abrazos. Conversación, breve. Y el despido. Fueron ridículos minutos lo que tardaron en subir a sus coches y desaparecer. Con miradas tristes y sonrisas cómplices. Otra despedida en otra aventura, quizás, no tan deseada.

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